Cambiar el mundo: una frase que siempre me quedó grande. Coqueteé con la idea en algún momento de mi adolescencia, en ese despertar al "mundo" más allá de las cuatro paredes de mi burbuja. Pero sólo fue eso: una idea. Nunca sentí que estuviera haciendo algo que afectara otra cosa que mi vida. Seguramente lo hiciera (de eso hablan el aleteo de la mariposa y demás teorías que descubrí y formulé en esa época), aunque de costado.
Algunas veces me propuse unas militancias, y no prosperaron en el tiempo. Sin embargo, mientras duraron, me comprometí y me gusta creer que se manifestó. Quizás concluyeron cuando dejó de ser un movimiento espontáneo y quiso pasar a la organización estructural, con objetivos y caminos, planeamientos y tareas. Cuando surgió la consigna, cuando apareció la gran frase. Cambiar el mundo, por pequeño que fuere.
Y hoy, de repente, me di cuenta de un sentimiento, que surgió sin habérmelo propuesto. Hoy siento que hay un lugarcito, humilde y sencillo; un recoveco que desconoce la ambición mientras se va abriendo paso; una baldosa floja desde la que puedo ver una rayuela a través de la cual -medio saltando, medio jugando, medio bailando- codear al mundo. Al menos hacerle cosquillas y sacarlo a pasear un rato. Cantarle una canción para ver si el sonido lo hace vibrar o temblar un poquito. Y así, tirando unos pasos, voy encontrando mi pequeña militancia.
sábado, 1 de junio de 2013
domingo, 19 de mayo de 2013
Algo está cambiando
Hoy estuve en una ronda clasificatoria del Metropolitano de Tango. Y además de lo feliz que me hace siempre el tango, en especial en un domingo gris y frío, me llevé una alegría extra. Algo está empezando a cambiar; mejor dicho, movimientos que se vienen dando hace ya mucho tiempo se están haciendo al fin visibles. Los integrantes de dos de las tantas parejas que se presentaron en esta oportunidad, lo hicieron, rompiendo los esquemas tradicionales, ambos en pantalones. Una pareja se atevió a un vestuario bastante informal, en zapatillas, y la otra conservó pantalones de vestir y zapatos bajos. Esta última, sin embargo, produjo un impacto mayor, porque los dos bailarines tenían pelo corto y una incipiente barba.
¿Por qué esto me parece tan importante? Más allá de lo que creo personalmente del tango (para ampliar, http://aflojalabaldosa.blogspot.com), festejo el apropiarse de los recovecos grises que un aparente sistema hiper rígido esconde. Porque nunca se dijo explícitamente en el reglamento del tango que hubiera que usar traje y vestido formal, pero siempre se hizo así; nunca se dijo que hubiera que usar zapatos, bajos o de taco, y sin embargo es lo que siempre se vio; nunca se impuso nada respecto del sexo, género, rol artístico, y de todas formas imperó hasta ahora un fuerte estereotipo homogéneo.
Tomar las opciones que implícitamente nos fueron negadas en las instituciones es exigir, desde lo instituyente mismo, un cambio que legitime prácticas que han sido silenciadas durante mucho tiempo. Es hacer del arte esa herramienta revolucionaria de la cual tanto se predica. Y es mostrar cómo podemos abrazar un abanico de elecciones: ¿dónde mejor que en el tango?
¿Por qué esto me parece tan importante? Más allá de lo que creo personalmente del tango (para ampliar, http://aflojalabaldosa.blogspot.com), festejo el apropiarse de los recovecos grises que un aparente sistema hiper rígido esconde. Porque nunca se dijo explícitamente en el reglamento del tango que hubiera que usar traje y vestido formal, pero siempre se hizo así; nunca se dijo que hubiera que usar zapatos, bajos o de taco, y sin embargo es lo que siempre se vio; nunca se impuso nada respecto del sexo, género, rol artístico, y de todas formas imperó hasta ahora un fuerte estereotipo homogéneo.
Tomar las opciones que implícitamente nos fueron negadas en las instituciones es exigir, desde lo instituyente mismo, un cambio que legitime prácticas que han sido silenciadas durante mucho tiempo. Es hacer del arte esa herramienta revolucionaria de la cual tanto se predica. Y es mostrar cómo podemos abrazar un abanico de elecciones: ¿dónde mejor que en el tango?
miércoles, 8 de mayo de 2013
Reescribir
Si un libro fuera un video, se vería cuántas veces el escritor escribió y reescribió lo mismo, pero distinto. (De hecho, ya escribí esta oración tres veces. Bueno... cuatro.) Con la máquina de escribir abolida peor, porque en la pc no quedan registros de los borrones.
Cuando nos avocamos a las letras, nos agarramos el vicio de reescribir. Rara vez sentimos que un texto está listo para ver la luz (éste, por cierto, no lo está), siempre hay algo por corregir. O por qué no, borrarlo por completo, hacer un bollito y tirarlo a la basura (o cualquiera que sea su paralelo digital).
Hay algo que queremos decir, y no encontramos las palabras que lo comuniquen. ¿O es que no sabemos aún qué queremos decir e intentamos verlo sobre la marcha, mientras las palabras van surgiendo?
Lo terrible es cuando ese mecanismo se instala dentro nuestro, más allá de si estamos o no escribiendo. Cuando todo se piensa y repiensa y vuelve a pensarse.
Pareciera que el pasado no puede más que reescribirse. Es interesante concebir nuestra identidad como una narración, que se reinventa en cada ocasión. Las consecuencias filosóficas que pueden extraerse de ese planteo dan por tierra con toda una tradición de lo idéntico, lo permanente, lo igual, lo mismo. No quiero irme por las ramas (aunque quizás fuera esto lo que quería decir, quién sabe).
¿Qué hay del futuro? ¿Qué tiene para ofrecer esa metáfora de la página en blanco que somos? Yo personalmente, tengo serios problemas con el futuro, con los planes y los compromisos, con decidir un curso de acción y atenerme al mismo. Por eso reescribo y reescribo y rerererescribo.
Disgresión: "Dejé de reescribir y empecé a vivir". Como si la escritura fuera un sustituto de la vida real. Aunque... ¿no es escribir una huída del presente? ¿Existe el presente? ¿Es eso vivir?
Soltar el texto a su publicidad es asumir el riesgo de lo inacabado (¿es qué acaso puede alguna vez estar acabado?). Como la vida misma, en ese sentido. Actuar, sin tanta discusión sobre tecnicismos gramáticosintácticos. Vivir, y que las letras se vayan acomodando en el transcurso de los hechos. Que el vicio de la reescritura no nos detenga, paradojalmente, de escribir.
(No está terminado, pero tá, lo publico igual...)
Cuando nos avocamos a las letras, nos agarramos el vicio de reescribir. Rara vez sentimos que un texto está listo para ver la luz (éste, por cierto, no lo está), siempre hay algo por corregir. O por qué no, borrarlo por completo, hacer un bollito y tirarlo a la basura (o cualquiera que sea su paralelo digital).
Hay algo que queremos decir, y no encontramos las palabras que lo comuniquen. ¿O es que no sabemos aún qué queremos decir e intentamos verlo sobre la marcha, mientras las palabras van surgiendo?
Lo terrible es cuando ese mecanismo se instala dentro nuestro, más allá de si estamos o no escribiendo. Cuando todo se piensa y repiensa y vuelve a pensarse.
Pareciera que el pasado no puede más que reescribirse. Es interesante concebir nuestra identidad como una narración, que se reinventa en cada ocasión. Las consecuencias filosóficas que pueden extraerse de ese planteo dan por tierra con toda una tradición de lo idéntico, lo permanente, lo igual, lo mismo. No quiero irme por las ramas (aunque quizás fuera esto lo que quería decir, quién sabe).
¿Qué hay del futuro? ¿Qué tiene para ofrecer esa metáfora de la página en blanco que somos? Yo personalmente, tengo serios problemas con el futuro, con los planes y los compromisos, con decidir un curso de acción y atenerme al mismo. Por eso reescribo y reescribo y rerererescribo.
Disgresión: "Dejé de reescribir y empecé a vivir". Como si la escritura fuera un sustituto de la vida real. Aunque... ¿no es escribir una huída del presente? ¿Existe el presente? ¿Es eso vivir?
Soltar el texto a su publicidad es asumir el riesgo de lo inacabado (¿es qué acaso puede alguna vez estar acabado?). Como la vida misma, en ese sentido. Actuar, sin tanta discusión sobre tecnicismos gramáticosintácticos. Vivir, y que las letras se vayan acomodando en el transcurso de los hechos. Que el vicio de la reescritura no nos detenga, paradojalmente, de escribir.
(No está terminado, pero tá, lo publico igual...)
Y eso, ¿para qué sirve?
Tenemos la tendencia a evaluar todo en nuestras vidas con respecto a la finalidad a la que contribuyen. Cada vez que nos detenemos a pensar en lo que hacemos, nos preguntamos: ¿para qué? Quizás sea un parámetro del sistema, analizar ganancias y pérdidas. Pero la verdad es que la mayoría de las veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos.
Esa ignorancia puede encubrir una rutina naturalizada, elecciones ocultas tomadas sin reparos, una cuestión de rebaño. Pero me interesan más aquellas decisiones que tomamos "porque sí", ¿por qué no habríamos de hacerlo?
Aquéllas, por más que busquemos y busquemos, es probable que no alcancemos ninguna respuesta. Algunos dirán que subyacen a ellas razones inconscientes. Yo creo que lo que las sostiene es simplemente el placer.
Por ejemplo, las cosas bellas, ¿sirven de algo? Una obra de arte, un objeto decorativo... En términos de utiilidad, no. ¿Las actividades que nos divierten? Tampoco. ¿Nuestras pasiones? ...
¿Y la filosofía? Un profesor una vez dijo "la filosofía no sirve para nada, porque no es sierva de nadie". Lo cierto es que una oscura nebulosa recubre esa palabra. Quienes no tienen interés por ella, no entienden qué le vemos los que sí. Lo curioso es, que ¡nosotros tampoco sabemos por qué nos atrae! Simplemente es así. Un día nos encontramos atrapados por su red, y ya no pudimos escapar. Es probable que seamos muchos más de los que creemos los que jugamos su juego.
La filosofía es, tal vez, el mejor ejemplo de que no todo tiene una explicación, de que mucho de lo que hacemos no pretende llegar a ningún lado. Porque, en términos estrictos, no sirve para nada. Y, sin embargo, seguimos haciendo filosofía, no podemos evitarlo.
Esa ignorancia puede encubrir una rutina naturalizada, elecciones ocultas tomadas sin reparos, una cuestión de rebaño. Pero me interesan más aquellas decisiones que tomamos "porque sí", ¿por qué no habríamos de hacerlo?
Aquéllas, por más que busquemos y busquemos, es probable que no alcancemos ninguna respuesta. Algunos dirán que subyacen a ellas razones inconscientes. Yo creo que lo que las sostiene es simplemente el placer.
Por ejemplo, las cosas bellas, ¿sirven de algo? Una obra de arte, un objeto decorativo... En términos de utiilidad, no. ¿Las actividades que nos divierten? Tampoco. ¿Nuestras pasiones? ...
¿Y la filosofía? Un profesor una vez dijo "la filosofía no sirve para nada, porque no es sierva de nadie". Lo cierto es que una oscura nebulosa recubre esa palabra. Quienes no tienen interés por ella, no entienden qué le vemos los que sí. Lo curioso es, que ¡nosotros tampoco sabemos por qué nos atrae! Simplemente es así. Un día nos encontramos atrapados por su red, y ya no pudimos escapar. Es probable que seamos muchos más de los que creemos los que jugamos su juego.
La filosofía es, tal vez, el mejor ejemplo de que no todo tiene una explicación, de que mucho de lo que hacemos no pretende llegar a ningún lado. Porque, en términos estrictos, no sirve para nada. Y, sin embargo, seguimos haciendo filosofía, no podemos evitarlo.
martes, 16 de abril de 2013
María
- A ver... jugame al que sale hoy.
- ¿Algo más, María?
El empleado hacía la pregunta por costumbre. Sabía que no iba a recibir respuesta alguna. Nada más quería María, solamente que esta vez fuera la vez; que hoy, al fin, se le diera.
María iba todas las mañanas. En el barrio creían que por rutina: se equivocaban. María se levantaba cada día con el presentimiento de que su día finalmente había llegado, era ese que comenzaba.
María siempre jugó. Últimamente era la quiniela. En otra época habían sido los concursos de la televisión. Unos años la habían ocupado las cartas, pero sentía que la suerte y la estrategia no iban juntas. Hubo un obligado pasaje por el bingo y las tragamonedas. Y en su juventud, sin siquiera darse cuenta, el mismo lugar habían tenido los ramos de novia y las cintas en las tortas de casamiento.
María siempre había jugado, pero nunca se la había jugado.
María había soñado con una gran historia de amor, con viajes alrededor del mundo, con una vida sobre las tablas, con que alguien descubriera sus talentos ocultos... pero el destino no la había ayudado.
María siempre creyó en el azar, pero nunca se atrevió a vibrar.
María siempre apostó a los números, pero nunca se animó a apostar por ella.
María prendía la televisión por las noches esperando los resultados. Se le aceleraba levemente el pulso, como si el corazón intentara absurdamente hacerse notar. Quizás sí, quizás el destino se había hecho desear toda su vida (con perdón de la palabra) para llegar triunfalmente. Quizás... no. Suspiraba, era la única vez en el día que percibía el aire dentro suyo.
- Mañana, mañana seguro que sí.
No tenía planes si llegaba a ganar. No era un objetivo lo que la movía: María siempre había esperado que algo sucediera para, al fin, empezar a vivir.
- ¿Algo más, María?
El empleado hacía la pregunta por costumbre. Sabía que no iba a recibir respuesta alguna. Nada más quería María, solamente que esta vez fuera la vez; que hoy, al fin, se le diera.
María iba todas las mañanas. En el barrio creían que por rutina: se equivocaban. María se levantaba cada día con el presentimiento de que su día finalmente había llegado, era ese que comenzaba.
María siempre jugó. Últimamente era la quiniela. En otra época habían sido los concursos de la televisión. Unos años la habían ocupado las cartas, pero sentía que la suerte y la estrategia no iban juntas. Hubo un obligado pasaje por el bingo y las tragamonedas. Y en su juventud, sin siquiera darse cuenta, el mismo lugar habían tenido los ramos de novia y las cintas en las tortas de casamiento.
María siempre había jugado, pero nunca se la había jugado.
María había soñado con una gran historia de amor, con viajes alrededor del mundo, con una vida sobre las tablas, con que alguien descubriera sus talentos ocultos... pero el destino no la había ayudado.
María siempre creyó en el azar, pero nunca se atrevió a vibrar.
María siempre apostó a los números, pero nunca se animó a apostar por ella.
María prendía la televisión por las noches esperando los resultados. Se le aceleraba levemente el pulso, como si el corazón intentara absurdamente hacerse notar. Quizás sí, quizás el destino se había hecho desear toda su vida (con perdón de la palabra) para llegar triunfalmente. Quizás... no. Suspiraba, era la única vez en el día que percibía el aire dentro suyo.
- Mañana, mañana seguro que sí.
No tenía planes si llegaba a ganar. No era un objetivo lo que la movía: María siempre había esperado que algo sucediera para, al fin, empezar a vivir.
lunes, 15 de abril de 2013
Aquel día
Es invierno, y hay sol.
Escribo apurada porque me tengo que ir corriendo a dar una clase, pero no quería dejar pasar el momento. Él me lo enseñó: escribir siempre que aparezca algo, aprovechar cada ocasión. Él, que ahora me dice desde la cocina "¿Pongo el agua?". "Dale, me tomo uno y arranco" le contesto, en un volumen un poco alto aparentemente, porque Milonga, que hasta recién ronroneaba sobre mis piernas, levanta las orejas y me mira de reojo. Se acomoda como refunfuñando, quedándose conmigo a pesar de que la desperté.
Es invierno.
Yo odiaba el invierno. Sigue sin gustarme el frío, pero no es lo mismo acá que en la ciudad. El cemento tiene esa capacidad de bajarle unos grados a cualquier clima; de marcar distancias, de hacer todo gélido e impenetrable. De hacernos sentir más solos, más perdidos. Un día gris en Buenos Aires es siempre una puesta a prueba de nuestras ganas de vivir.
Quizás ese era el frío que detestaba, confundiéndolo con el otro. Sí, me embola ponerme treinta cosas para salir, y andar todo el día con la nariz helada. Pero debo confesar: me encanta volver al calor de casa. Buscar sus pies por la noche, bajo kilos de frazadas, para calentar los míos. No es tan terrible el frío si hay con quien hacerle frente.
Un rayo de sol me hace cerrar los ojos. Me acuerdo en este momento de ese día en que le pregunté cuál era el camino para ir hacia mis sueños. "Creer en vos y amar lo que hacés. Simplemente eso." Aquel día se me había presentado claramente una imagen, y supe que era ese el futuro que quería empezar a buscar, si bien no sabía aún cómo.
Lo observo ahora, de espaldas, bailando mientras la pava hace ruido de que se pasó el agua. Todos sus papeles, algunos escritos en lápiz, otros en tinta, se mezclan con garabatos y con mis libros. El sonido de las teclas sobre el fondo de tango le da un poco de curiosidad. Se acerca despacito, yo hago que no me doy cuenta, y cuando lee estas líneas se sonríe y hace un sonido como de tres jotas. Me da un beso en la cabeza y me recuerda que se me hace tarde.
Despierto a Milonga con unos mimos, esperando que no se enoje mucho. Y vuelvo a ver esa imagen que un día soñé, mis manos escribiendo, y el mar que entra por la ventana, en este día de invierno con sol.
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