miércoles, 8 de mayo de 2013

Y eso, ¿para qué sirve?

Tenemos la tendencia a evaluar todo en nuestras vidas con respecto a la finalidad a la que contribuyen. Cada vez que nos detenemos a pensar en lo que hacemos, nos preguntamos: ¿para qué? Quizás sea un parámetro del sistema, analizar ganancias y pérdidas. Pero la verdad es que la mayoría de las veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos.
Esa ignorancia puede encubrir una rutina naturalizada, elecciones ocultas tomadas sin reparos, una cuestión de rebaño. Pero me interesan más aquellas decisiones que tomamos "porque sí", ¿por qué no habríamos de hacerlo?
Aquéllas, por más que busquemos y busquemos, es probable que no alcancemos ninguna respuesta. Algunos dirán que subyacen a ellas razones inconscientes. Yo creo que lo que las sostiene es simplemente el placer.

Por ejemplo, las cosas bellas, ¿sirven de algo? Una obra de arte, un objeto decorativo... En términos de utiilidad, no. ¿Las actividades que nos divierten? Tampoco. ¿Nuestras pasiones? ...

¿Y la filosofía? Un profesor una vez dijo "la filosofía no sirve para nada, porque no es sierva de nadie". Lo cierto es que una oscura nebulosa recubre esa palabra. Quienes no tienen interés por ella, no entienden qué le vemos los que sí. Lo curioso es, que ¡nosotros tampoco sabemos por qué nos atrae! Simplemente es así. Un día nos encontramos atrapados por su red, y ya no pudimos escapar. Es probable que seamos muchos más de los que creemos los que jugamos su juego.

La filosofía es, tal vez, el mejor ejemplo de que no todo tiene una explicación, de que mucho de lo que hacemos no pretende llegar a ningún lado. Porque, en términos estrictos, no sirve para nada. Y, sin embargo, seguimos haciendo filosofía, no podemos evitarlo.

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