Si un libro fuera un video, se vería cuántas veces el escritor escribió y reescribió lo mismo, pero distinto. (De hecho, ya escribí esta oración tres veces. Bueno... cuatro.) Con la máquina de escribir abolida peor, porque en la pc no quedan registros de los borrones.
Cuando nos avocamos a las letras, nos agarramos el vicio de reescribir. Rara vez sentimos que un texto está listo para ver la luz (éste, por cierto, no lo está), siempre hay algo por corregir. O por qué no, borrarlo por completo, hacer un bollito y tirarlo a la basura (o cualquiera que sea su paralelo digital).
Hay algo que queremos decir, y no encontramos las palabras que lo comuniquen. ¿O es que no sabemos aún qué queremos decir e intentamos verlo sobre la marcha, mientras las palabras van surgiendo?
Lo terrible es cuando ese mecanismo se instala dentro nuestro, más allá de si estamos o no escribiendo. Cuando todo se piensa y repiensa y vuelve a pensarse.
Pareciera que el pasado no puede más que reescribirse. Es interesante concebir nuestra identidad como una narración, que se reinventa en cada ocasión. Las consecuencias filosóficas que pueden extraerse de ese planteo dan por tierra con toda una tradición de lo idéntico, lo permanente, lo igual, lo mismo. No quiero irme por las ramas (aunque quizás fuera esto lo que quería decir, quién sabe).
¿Qué hay del futuro? ¿Qué tiene para ofrecer esa metáfora de la página en blanco que somos? Yo personalmente, tengo serios problemas con el futuro, con los planes y los compromisos, con decidir un curso de acción y atenerme al mismo. Por eso reescribo y reescribo y rerererescribo.
Disgresión: "Dejé de reescribir y empecé a vivir". Como si la escritura fuera un sustituto de la vida real. Aunque... ¿no es escribir una huída del presente? ¿Existe el presente? ¿Es eso vivir?
Soltar el texto a su publicidad es asumir el riesgo de lo inacabado (¿es qué acaso puede alguna vez estar acabado?). Como la vida misma, en ese sentido. Actuar, sin tanta discusión sobre tecnicismos gramáticosintácticos. Vivir, y que las letras se vayan acomodando en el transcurso de los hechos. Que el vicio de la reescritura no nos detenga, paradojalmente, de escribir.
(No está terminado, pero tá, lo publico igual...)
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