Hoy estuve en una ronda clasificatoria del Metropolitano de Tango. Y además de lo feliz que me hace siempre el tango, en especial en un domingo gris y frío, me llevé una alegría extra. Algo está empezando a cambiar; mejor dicho, movimientos que se vienen dando hace ya mucho tiempo se están haciendo al fin visibles. Los integrantes de dos de las tantas parejas que se presentaron en esta oportunidad, lo hicieron, rompiendo los esquemas tradicionales, ambos en pantalones. Una pareja se atevió a un vestuario bastante informal, en zapatillas, y la otra conservó pantalones de vestir y zapatos bajos. Esta última, sin embargo, produjo un impacto mayor, porque los dos bailarines tenían pelo corto y una incipiente barba.
¿Por qué esto me parece tan importante? Más allá de lo que creo personalmente del tango (para ampliar, http://aflojalabaldosa.blogspot.com), festejo el apropiarse de los recovecos grises que un aparente sistema hiper rígido esconde. Porque nunca se dijo explícitamente en el reglamento del tango que hubiera que usar traje y vestido formal, pero siempre se hizo así; nunca se dijo que hubiera que usar zapatos, bajos o de taco, y sin embargo es lo que siempre se vio; nunca se impuso nada respecto del sexo, género, rol artístico, y de todas formas imperó hasta ahora un fuerte estereotipo homogéneo.
Tomar las opciones que implícitamente nos fueron negadas en las instituciones es exigir, desde lo instituyente mismo, un cambio que legitime prácticas que han sido silenciadas durante mucho tiempo. Es hacer del arte esa herramienta revolucionaria de la cual tanto se predica. Y es mostrar cómo podemos abrazar un abanico de elecciones: ¿dónde mejor que en el tango?
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