lunes, 15 de abril de 2013

Aquel día

Es invierno, y hay sol.
Escribo apurada porque me tengo que ir corriendo a dar una clase, pero no quería dejar pasar el momento. Él me lo enseñó: escribir siempre que aparezca algo, aprovechar cada ocasión. Él, que ahora me dice desde la cocina "¿Pongo el agua?". "Dale, me tomo uno y arranco" le contesto, en un volumen un poco alto aparentemente, porque Milonga, que hasta recién ronroneaba sobre mis piernas, levanta las orejas y me mira de reojo. Se acomoda como refunfuñando, quedándose conmigo a pesar de que la desperté.
Es invierno.
Yo odiaba el invierno. Sigue sin gustarme el frío, pero no es lo mismo acá que en la ciudad. El cemento tiene esa capacidad de bajarle unos grados a cualquier clima; de marcar distancias, de hacer todo gélido e impenetrable. De hacernos sentir más solos, más perdidos.  Un día gris en Buenos Aires es siempre una puesta a prueba de nuestras ganas de vivir.
Quizás ese era el frío que detestaba, confundiéndolo con el otro. Sí, me embola ponerme treinta cosas para salir, y andar todo el día con la nariz helada. Pero debo confesar: me encanta volver al calor de casa. Buscar sus pies por la noche, bajo kilos de frazadas, para calentar los míos. No es tan terrible el frío si hay con quien hacerle frente. 

Un rayo de sol me hace cerrar los ojos. Me acuerdo en este momento de ese día en que le pregunté cuál era el camino para ir hacia mis sueños. "Creer en vos y amar lo que hacés. Simplemente eso." Aquel día se me había presentado claramente una imagen, y supe que era ese el futuro que quería empezar a buscar, si bien no sabía aún cómo.

Lo observo ahora, de espaldas, bailando mientras la pava hace ruido de que se pasó el agua. Todos sus papeles, algunos escritos en lápiz, otros en tinta, se mezclan con garabatos y con mis libros. El sonido de las teclas sobre el fondo de tango le da un poco de curiosidad. Se acerca despacito, yo hago que no me doy cuenta, y cuando lee estas líneas se sonríe y hace un sonido como de tres jotas. Me da un beso en la cabeza y me recuerda que se me hace tarde.
Despierto a Milonga con unos mimos, esperando que no se enoje mucho. Y vuelvo a ver esa imagen que un día soñé, mis manos escribiendo, y el mar que entra por la ventana, en este día de invierno con sol.

No hay comentarios:

Publicar un comentario