Hoy estuve en una ronda clasificatoria del Metropolitano de Tango. Y además de lo feliz que me hace siempre el tango, en especial en un domingo gris y frío, me llevé una alegría extra. Algo está empezando a cambiar; mejor dicho, movimientos que se vienen dando hace ya mucho tiempo se están haciendo al fin visibles. Los integrantes de dos de las tantas parejas que se presentaron en esta oportunidad, lo hicieron, rompiendo los esquemas tradicionales, ambos en pantalones. Una pareja se atevió a un vestuario bastante informal, en zapatillas, y la otra conservó pantalones de vestir y zapatos bajos. Esta última, sin embargo, produjo un impacto mayor, porque los dos bailarines tenían pelo corto y una incipiente barba.
¿Por qué esto me parece tan importante? Más allá de lo que creo personalmente del tango (para ampliar, http://aflojalabaldosa.blogspot.com), festejo el apropiarse de los recovecos grises que un aparente sistema hiper rígido esconde. Porque nunca se dijo explícitamente en el reglamento del tango que hubiera que usar traje y vestido formal, pero siempre se hizo así; nunca se dijo que hubiera que usar zapatos, bajos o de taco, y sin embargo es lo que siempre se vio; nunca se impuso nada respecto del sexo, género, rol artístico, y de todas formas imperó hasta ahora un fuerte estereotipo homogéneo.
Tomar las opciones que implícitamente nos fueron negadas en las instituciones es exigir, desde lo instituyente mismo, un cambio que legitime prácticas que han sido silenciadas durante mucho tiempo. Es hacer del arte esa herramienta revolucionaria de la cual tanto se predica. Y es mostrar cómo podemos abrazar un abanico de elecciones: ¿dónde mejor que en el tango?
domingo, 19 de mayo de 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Reescribir
Si un libro fuera un video, se vería cuántas veces el escritor escribió y reescribió lo mismo, pero distinto. (De hecho, ya escribí esta oración tres veces. Bueno... cuatro.) Con la máquina de escribir abolida peor, porque en la pc no quedan registros de los borrones.
Cuando nos avocamos a las letras, nos agarramos el vicio de reescribir. Rara vez sentimos que un texto está listo para ver la luz (éste, por cierto, no lo está), siempre hay algo por corregir. O por qué no, borrarlo por completo, hacer un bollito y tirarlo a la basura (o cualquiera que sea su paralelo digital).
Hay algo que queremos decir, y no encontramos las palabras que lo comuniquen. ¿O es que no sabemos aún qué queremos decir e intentamos verlo sobre la marcha, mientras las palabras van surgiendo?
Lo terrible es cuando ese mecanismo se instala dentro nuestro, más allá de si estamos o no escribiendo. Cuando todo se piensa y repiensa y vuelve a pensarse.
Pareciera que el pasado no puede más que reescribirse. Es interesante concebir nuestra identidad como una narración, que se reinventa en cada ocasión. Las consecuencias filosóficas que pueden extraerse de ese planteo dan por tierra con toda una tradición de lo idéntico, lo permanente, lo igual, lo mismo. No quiero irme por las ramas (aunque quizás fuera esto lo que quería decir, quién sabe).
¿Qué hay del futuro? ¿Qué tiene para ofrecer esa metáfora de la página en blanco que somos? Yo personalmente, tengo serios problemas con el futuro, con los planes y los compromisos, con decidir un curso de acción y atenerme al mismo. Por eso reescribo y reescribo y rerererescribo.
Disgresión: "Dejé de reescribir y empecé a vivir". Como si la escritura fuera un sustituto de la vida real. Aunque... ¿no es escribir una huída del presente? ¿Existe el presente? ¿Es eso vivir?
Soltar el texto a su publicidad es asumir el riesgo de lo inacabado (¿es qué acaso puede alguna vez estar acabado?). Como la vida misma, en ese sentido. Actuar, sin tanta discusión sobre tecnicismos gramáticosintácticos. Vivir, y que las letras se vayan acomodando en el transcurso de los hechos. Que el vicio de la reescritura no nos detenga, paradojalmente, de escribir.
(No está terminado, pero tá, lo publico igual...)
Cuando nos avocamos a las letras, nos agarramos el vicio de reescribir. Rara vez sentimos que un texto está listo para ver la luz (éste, por cierto, no lo está), siempre hay algo por corregir. O por qué no, borrarlo por completo, hacer un bollito y tirarlo a la basura (o cualquiera que sea su paralelo digital).
Hay algo que queremos decir, y no encontramos las palabras que lo comuniquen. ¿O es que no sabemos aún qué queremos decir e intentamos verlo sobre la marcha, mientras las palabras van surgiendo?
Lo terrible es cuando ese mecanismo se instala dentro nuestro, más allá de si estamos o no escribiendo. Cuando todo se piensa y repiensa y vuelve a pensarse.
Pareciera que el pasado no puede más que reescribirse. Es interesante concebir nuestra identidad como una narración, que se reinventa en cada ocasión. Las consecuencias filosóficas que pueden extraerse de ese planteo dan por tierra con toda una tradición de lo idéntico, lo permanente, lo igual, lo mismo. No quiero irme por las ramas (aunque quizás fuera esto lo que quería decir, quién sabe).
¿Qué hay del futuro? ¿Qué tiene para ofrecer esa metáfora de la página en blanco que somos? Yo personalmente, tengo serios problemas con el futuro, con los planes y los compromisos, con decidir un curso de acción y atenerme al mismo. Por eso reescribo y reescribo y rerererescribo.
Disgresión: "Dejé de reescribir y empecé a vivir". Como si la escritura fuera un sustituto de la vida real. Aunque... ¿no es escribir una huída del presente? ¿Existe el presente? ¿Es eso vivir?
Soltar el texto a su publicidad es asumir el riesgo de lo inacabado (¿es qué acaso puede alguna vez estar acabado?). Como la vida misma, en ese sentido. Actuar, sin tanta discusión sobre tecnicismos gramáticosintácticos. Vivir, y que las letras se vayan acomodando en el transcurso de los hechos. Que el vicio de la reescritura no nos detenga, paradojalmente, de escribir.
(No está terminado, pero tá, lo publico igual...)
Y eso, ¿para qué sirve?
Tenemos la tendencia a evaluar todo en nuestras vidas con respecto a la finalidad a la que contribuyen. Cada vez que nos detenemos a pensar en lo que hacemos, nos preguntamos: ¿para qué? Quizás sea un parámetro del sistema, analizar ganancias y pérdidas. Pero la verdad es que la mayoría de las veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos.
Esa ignorancia puede encubrir una rutina naturalizada, elecciones ocultas tomadas sin reparos, una cuestión de rebaño. Pero me interesan más aquellas decisiones que tomamos "porque sí", ¿por qué no habríamos de hacerlo?
Aquéllas, por más que busquemos y busquemos, es probable que no alcancemos ninguna respuesta. Algunos dirán que subyacen a ellas razones inconscientes. Yo creo que lo que las sostiene es simplemente el placer.
Por ejemplo, las cosas bellas, ¿sirven de algo? Una obra de arte, un objeto decorativo... En términos de utiilidad, no. ¿Las actividades que nos divierten? Tampoco. ¿Nuestras pasiones? ...
¿Y la filosofía? Un profesor una vez dijo "la filosofía no sirve para nada, porque no es sierva de nadie". Lo cierto es que una oscura nebulosa recubre esa palabra. Quienes no tienen interés por ella, no entienden qué le vemos los que sí. Lo curioso es, que ¡nosotros tampoco sabemos por qué nos atrae! Simplemente es así. Un día nos encontramos atrapados por su red, y ya no pudimos escapar. Es probable que seamos muchos más de los que creemos los que jugamos su juego.
La filosofía es, tal vez, el mejor ejemplo de que no todo tiene una explicación, de que mucho de lo que hacemos no pretende llegar a ningún lado. Porque, en términos estrictos, no sirve para nada. Y, sin embargo, seguimos haciendo filosofía, no podemos evitarlo.
Esa ignorancia puede encubrir una rutina naturalizada, elecciones ocultas tomadas sin reparos, una cuestión de rebaño. Pero me interesan más aquellas decisiones que tomamos "porque sí", ¿por qué no habríamos de hacerlo?
Aquéllas, por más que busquemos y busquemos, es probable que no alcancemos ninguna respuesta. Algunos dirán que subyacen a ellas razones inconscientes. Yo creo que lo que las sostiene es simplemente el placer.
Por ejemplo, las cosas bellas, ¿sirven de algo? Una obra de arte, un objeto decorativo... En términos de utiilidad, no. ¿Las actividades que nos divierten? Tampoco. ¿Nuestras pasiones? ...
¿Y la filosofía? Un profesor una vez dijo "la filosofía no sirve para nada, porque no es sierva de nadie". Lo cierto es que una oscura nebulosa recubre esa palabra. Quienes no tienen interés por ella, no entienden qué le vemos los que sí. Lo curioso es, que ¡nosotros tampoco sabemos por qué nos atrae! Simplemente es así. Un día nos encontramos atrapados por su red, y ya no pudimos escapar. Es probable que seamos muchos más de los que creemos los que jugamos su juego.
La filosofía es, tal vez, el mejor ejemplo de que no todo tiene una explicación, de que mucho de lo que hacemos no pretende llegar a ningún lado. Porque, en términos estrictos, no sirve para nada. Y, sin embargo, seguimos haciendo filosofía, no podemos evitarlo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)